Las gerencias de felicidad serán la novedad del año por venir. Los profesionales tendrían la misión de gestionar una transformación cultural, en vistas de promover el bienestar emocional, como socio estratégico del crecimiento organizacional.
La felicidad ha sido desde todos los tiempos un tema de análisis trascendental; su búsqueda constante es propia de la condición humana. La filosofía, la psicología y la religión, por siglos, han intentado dar cuenta de qué se trata. La felicidad abre debates directamente vinculados al sentido existencial, a quiénes somos, hacia dónde vamos y qué queremos, y uno de sus grandes articuladores ronda alrededor del trabajo, considerando que este es un organizador social en la vida de las personas.
De hecho, son planteos comunes en quienes atraviesan una transición de carrera, donde la desvinculación laboral implica, por naturaleza, retomar la pregunta histórica de la felicidad, quedando en este caso el dilema asociado a un proceso de cambio.
Lo curioso es que en Estados Unidos, en Europa y en algunos países latinoamericanos, las empresas ya introdujeron el concepto de felicidad, antes de cualquier crisis, como un factor primordial a tomar en cuenta, entendiéndola como el sentimiento de poseer bienestar emocional. Esto es: que los trabajadores no solo puedan sentir placer por lo que hacen, sino que además les represente un desafío y un proceso de crecimiento, tanto en lo profesional como en lo personal.
Así fue que la primera gerencia de felicidad latinoamericana nació en Chile en el año 2011, de la mano del Banco Estado Microempresas (BEME), llegando diez años después a España con la startup catalana Departamento de Felicidad, que instaló un cambio paradigmático en todo Europa a través de la creación de puestos como Gerente o Director de Felicidad.
Esto se concretó luego de encontrar el vínculo entre la productividad, el clima de trabajo y la rotación laboral con el bienestar emocional de los empleados, tomando esos tres aspectos como algunos de los indicadores de medición, a partir de comprobar que a mayor placer y satisfacción en lo que se hace, mayor productividad, lealtad con la marca y motivación hay. La conclusión es que trabajamos para ser felices y somos parte de la construcción de la felicidad de los otros. Así, las grandes corporaciones se vieron impulsadas a crear áreas de felicidad. En síntesis, la cuestión sería obtener un beneficio mutuo: al decir de David Thomas, autor del libro La empresa más feliz del mundo, se trata de "lograr un beneficio bidireccional".
En nuestro país, a partir del confinamiento obligatorio y lo que trajo aparejado (estrés psicofísico), esta tendencia mundial se aceleró, siendo ahora quienes se dedican a recursos humanos los que solicitan sesiones de consultoría y asesoramiento que los oriente a promover el bienestar emocional de los equipos, desde cómo abrir el área hasta cómo evaluar y medir la felicidad de sus talentos.
Es un hecho que las gerencias de felicidad serán la novedad del año por venir, donde los profesionales, sobre todo los psicólogos, ya tendrían la misión de gestionar una transformación cultural, en vistas de promover el bienestar emocional, como socio estratégico del crecimiento organizacional.
Dicho esto, cierra un año que, desde esta nueva realidad, coloca a la felicidad en la agenda laboral, como un asunto también empresarial.