En otro artículo hablé de alexitimia: esa dificultad para identificar y poner en palabras lo que sentimos. Ahora veamos: ¿qué pasa con esa emoción que nunca llegó a nombrarse? ¿Adónde va? Y resulta que no desaparece. Se aloja, y no es muy difícil deducir dónde, porque el escenario predilecto del aparato psíquico siempre termina siendo el cuerpo. Por eso, desde la psicología decimos que es necesario elaborar lo doloroso, tramitarlo, ponerlo en palabras, pero sabemos que no siempre esto sucede.
Entonces el sufrimiento, con el pasar del tiempo, va calando hondo, se va produciendo un desgaste progresivo a nivel psicológico con impacto fisiológico: vamos acumulando estrés, esa exposición repetida se cronifica y termina afectando tanto la salud física como la mental. Este fenómeno se llama "carga alostática", concepto desarrollado por Bruce McEwen, neuroendocrinólogo que demostró cómo el estrés afecta el cerebro a nivel estructural y molecular. Describe el proceso por el cual el organismo se adapta al estrés; de hecho, es un mecanismo de supervivencia sin el cual no podríamos vivir.
La carga alostática es entonces lo que se acumula cuando ese mecanismo se activa de forma sostenida, sin pausa: sería lo que denominamos estrés crónico.Sucede que cada emoción que tragamos, que disimulamos, que "manejamos" para mantener una imagen, deja su marca, una huella también fisiológica, con nombre y todo: hipertensión, tensión cervical, insomnio, una opresión en el pecho que el cardiólogo no encuentra.
Y esto, lejos de ser hechos aislados y explicados únicamente desde un ángulo biológico, se reconoce cada vez con mayor contundencia que somos un todo, y que la salud psíquica es fundamental para vivir del mejor modo posible. Lo sostengo siempre, dado que las enfermedades psicológicas con impacto en lo corporal han aumentado significativamente en los últimos años; de hecho, en mi último libro desarrollo extensamente cómo el soma es el territorio fértil que encuentra la psiquis para dar cuenta del malestar que no encontró otra salida, y se ubicó justo ahí, para contar una historia nunca dicha.
Las manifestaciones corporales son respuestas al estrés que, cuando se activan de manera persistente, pueden provocar alteraciones en la presión arterial, el flujo sanguíneo, la función cognitiva y el estado anímico. El problema se agrava cuando durante años el estrés se acumula, se soporta, se "carga".
Aquí el trabajo, o la falta de él, cobra protagonismo. Todo se complejiza cuando los factores externos no colaboran. En las organizaciones suelen pedirlo con claridad: no demostrar demasiado, no ser tan locuaz ni tan perfil bajo, manejar la energía para no avasallar, pero tampoco aburrir. Y puertas afuera, al convocar a una propuesta, la solicitud explícita es otra: ser innovador o innovadora, disruptivo o disruptiva, tener voz propia.
Porque, a pesar de lo que se necesita o requiere, la cultura organizacional aún sigue premiando al que aguanta, tolera, disimula y no se rebela. En ese antagonismo se ve a muchas personas exigidas a ser dos cosas a la vez, y esa tensión sostenida, día tras día, es exactamente el tipo de demanda que el cuerpo termina pagando.
La alexitimia y la carga alostática son, en el fondo, dos caras de la misma moneda: lo que no se nombra no se procesa, y lo que no se procesa se escribe en el cuerpo y busca otra vía de expresión. Es lo que desde el psicoanálisis reconocemos como la repetición del síntoma: cuando el cuerpo habla lo que la palabra antes calló.
Por esto insisto tanto en la coherencia entre ser y parecer: no como una cuestión meramente filosófica, sino como una nomenclatura de salud mental concreta y medible.
Tal vez se pueda empezar por intentar elegir dónde estar y cómo, y no aceptar la realidad como única e inmodificable, sujeta al otro social, familiar, al otro laboral como fiscal emocional. Apropiarse de quien es uno o una, nombrar la emoción, drenar el malestar, y empezar de una vez por todas por adueñarse de la palabra, la propia.
