Como psicóloga, hay algo que observo con frecuencia en personas que atraviesan procesos de cambio importantes: una desvinculación, un divorcio, una mudanza, la pérdida de un proyecto o incluso la jubilación. Al preguntarles cómo se sienten, las respuestas suelen ser parecidas: "Normal." "Bien." "No sé, nada en particular."
Y no necesariamente por falta de sufrimiento. Muchas veces ocurre algo diferente: la emoción está presente, pero no encuentra palabras para nombrar el dolor. La persona sabe que algo cambió, que duerme peor, que está más irritable, o bien que tiene menos energía o que le cuesta concentrarse. Sin embargo, no logra identificar qué está pasando emocionalmente, qué es lo que internamente la moviliza con relación a lo que atraviesa.
La psicología conoce este fenómeno desde hace décadas. En 1973, Peter Sifneos acuñó el término alexitimia para describir la dificultad de algunas personas para identificar y expresar sus emociones. Alexitimia literalmente significa "falta de palabras para los afectos". Y no significa ausencia de emociones, ni implica frialdad o falta de sensibilidad; por el contrario, muchas personas sienten intensamente, pero el problema es que tienen dificultades para reconocer aquello que están sintiendo y transformarlo en palabras.
De hecho, suelen describir con precisión los sucesos, son detallistas al respecto, pero no cuentan cómo lo viven emocionalmente. Por ejemplo, pueden relatar una desvinculación, una separación o una pérdida importante como si estuvieran contando un trámite administrativo, algo ajeno a ellos, con cierta distancia, como si estuvieran relatando una película y fueran simples espectadores. La emoción existe, pero no encuentra representación verbal. Lo veo mucho en el ámbito clínico, de la consultoría y el coaching, y aún más dentro del dominio laboral.
He acompañado profesionales que fueron desvinculados después de veinte años en una organización y hablaban del hecho como si no formaran parte de la escena, refiriéndose a ella con la distancia más lejana posible: "He firmado los papeles." "Ya pasó." "Ahora tendré que buscar otra cosa."
Pero mientras tanto aparecían insomnio, tensión muscular, dolores de cabeza, agotamiento, ansiedad o dificultades para tomar decisiones. Ahí es donde el cuerpo se ocupa de empezar a contar una historia que las palabras todavía no pueden narrar.
Algo similar sucede después de un divorcio o un duelo en general. La persona puede describir perfectamente los acontecimientos, las fechas, los conflictos, la ausencia y las decisiones tomadas. Sin embargo, frente a la pregunta de qué siente por esa pérdida, aparece el silencio. No importa si la crisis es en el trabajo o en la vida personal: el sufrimiento humano es uno solo.
La neurociencia ha demostrado que la conciencia emocional es una capacidad que se desarrolla gradualmente. Algunas personas tienen más facilidad para reconocer y nombrar lo que sienten; otras necesitan recorrer un camino más largo para conectar con ese mundo interior.
Por eso, dentro del marco de una entrevista profunda, sin necesidad de que sea estrictamente un espacio terapéutico, es posible abrir la puerta a la emoción preguntando por las señales que el cuerpo emite. Antes de preguntar "¿qué sientes?", puede ser más útil preguntar: ¿Qué notas en tu cuerpo? ¿Dónde aparece la tensión? ¿Qué cambió en tu sueño? ¿En qué momentos aumenta el malestar? Muchas veces el cuerpo habla antes que las palabras, y en un estado de vulnerabilidad, propio de quien se encuentra sin trabajo, esta es una intervención posible, sobre todo si hay alexitimia de por medio.
A lo largo de mi trayectoria he comprobado que, cuando una persona empieza a reconocer esas señales corporales, poco a poco comienza también a construir un lenguaje emocional: primero aparece la sensación física, después surge la identificación de algo agradable o desagradable, y recién más tarde llegan los matices.
Y finalmente aparecen las palabras: "Estoy preocupado." "Estoy enojada." "Estoy triste." "Tengo miedo." Palabras simples, pero transformadoras, porque aquello que puede nombrarse también puede comprenderse. Y aquello que se comprende, se logra elaborar.
Las transiciones en la vida son experiencias profundamente humanas que movilizan la propia identidad, los proyectos, las expectativas y los vínculos. Por eso, cuando alguien dice que no sabe qué siente, quizás no esté evitando la emoción: posiblemente todavía no encontró las palabras capaces de nombrar eso que lo ubica frente a su propia fragilidad de cara al mundo.
Y acompañar ese proceso de descubrimiento suele ser primordial para ayudar a encontrar un nuevo trabajo, o a definir el próximo paso profesional.