Las palabras nunca son inocentes. Somos sujetos de palabra: tienen el poder de generar cambios internos y externos.
En ocasiones creemos que son apenas un medio para transmitir información o comunicar algo, pero hacen mucho más que describir la realidad: la crean, la sostienen y, muchas veces, la transforman.
Una simple palabra puede abrir posibilidades o clausurarlas, puede reconocer, legitimar y otorgar un lugar, o bien invisibilizar, excluir y generar distancia. Y ni hablar de las emociones que suscitan, para bien y para mal.
En el mundo laboral, donde gran parte de nuestra identidad es atravesada por los vínculos y el reconocimiento social, el impacto de las palabras adquiere una relevancia particular, que hay que saber escuchar.
Cada vez que un líder define a una persona como "confiable", "problemática", "talentosa", "difícil", "estratégica" o "prescindible", no solamente está describiendo una conducta: está contribuyendo a construir una identidad que muchas veces termina condicionando la forma en que los demás perciben a esa persona y la manera en que ella misma lo hace. Esto es palpable cuando llegan consultantes o coachees a sus procesos de transición de carrera con ideas creadas por la mirada ajena y no por la propia.
Las organizaciones están inevitablemente cruzadas por conversaciones, en un ida y vuelta constante: son redes de significados compartidos. Si hacemos zoom, podemos ver claramente que a través del lenguaje se establecen jerarquías, se asignan responsabilidades, se legitiman decisiones, se diseñan culturas, y se impacta sobre cada persona. Por ejemplo, cuando alguien escucha reiteradamente que su opinión es valiosa, comienza a participar con mayor confianza; cuando recibe mensajes permanentes de descalificación o indiferencia, suele retraerse, perder iniciativa o incluso cuestionar su propio valor profesional. En las organizaciones, la autoestima pareciera estar más en manos ajenas que propias.
Las palabras otorgan lugares. Me gusta decir que, por sobre el organigrama laboral, hay un organigrama emocional: el lugar simbólico que una persona ocupa dentro de un equipo. Eso excede lo formal; en ese encastre subjetivo hay algo más profundo, que explica por qué hay colaboradores que ocupan lugares de referencia aun sin tener autoridad oficial, o líderes que poseen el cargo pero nunca logran tener legitimidad.
Estos lugares suelen darse en gran medida por la influencia que ejercen las personas y, muchas veces, por la calidad de las conversaciones que establecen, en el valor y el peso de su palabra.
Desde la psicología sostenemos que la identidad se construye en relación con los otros: necesitamos ser reconocidos desde una edad temprana amorosamente por un otro, para consolidar una imagen positiva de nosotros mismos. En el trabajo, esto se manifiesta y se resignifica diariamente a través del feedback, de la escucha y de las oportunidades que se brindan. Un líder, además de todo, administra significados y tiene un papel importante a la hora de hablar, nombrar y evaluar.
Por eso cada conversación puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la confianza, promover el desarrollo y ampliar posibilidades de acción. O, por el contrario, puede convertirse en una fuente de temor, dependencia o desmotivación.
Las investigaciones sobre liderazgo y clima laboral muestran que las personas no suelen abandonar únicamente organizaciones: abandonan experiencias sostenidas por vínculos deteriorados, falta de reconocimiento o conversaciones que erosionan progresivamente su autoestima profesional, hasta producir malestar e insatisfacción.
En tiempos donde el bienestar emocional ocupa un lugar cada vez más importante, resulta fundamental recuperar el valor de la palabra en las organizaciones.
- Una palabra de reconocimiento puede permanecer durante años en la memoria.
- Una conversación honesta puede modificar el rumbo de una carrera.
- Un mensaje de confianza puede impulsar talentos que aún no se habían descubierto.
- Mundo del Trabajo: Inteligencia Artificial y Salud Mental
Quizás por eso valga la pena preguntarnos: ¿Qué lugares otorgamos a través de nuestras palabras? ¿Las conversaciones que sostenemos generan posibilidades o las restringen? ¿Estamos construyendo culturas donde las personas puedan desarrollarse y desplegar su potencial?
Porque, al fin y al cabo, liderar también es nombrar. Y cada vez que nombramos, contribuimos a crear el mundo en el que trabajamos.