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Composición de una cancha de fútbol y una oficina ejecutiva con el piso agrietado, representando el miedo a no sostener el éxito Psicología del Trabajo

Atiquefobia y Trabajo

Por Mariana Castrelos

¿Y si el verdadero miedo no fuera fracasar, sino seguir estando a la altura?

Este año 2026 viví, como millones de argentinos, ese minuto exacto en que el equipo de la selección de Argentina, en el mundial, estuvo a punto de quedar afuera frente a Egipto. Hubo pánico colectivo: el miedo concreto a perder algo que ya teníamos; un título, un lugar, una identidad construida. Esa idea de ser los mejores, dentro de una comunidad futbolística que nos nombra como tal.

Me vino a la cabeza lo que observo y que desarrollé en Salud Mental y Trabajo: el miedo aparece muchas veces con más fuerza no tanto cuando lo estamos por lograr por primera vez, sino cuando hay algo que sostener. En el trabajo que ya obtuvimos hay que rendir y mantener la productividad. No obstante, cuando tenemos momentos de debilidad, hay temor a no lograrlo. El punto es qué sucede cuando ese temor se instala con fuerza: ahí hablamos del miedo como un síntoma de la organización, porque el miedo en su máximo esplendor es lo que popularmente se conoce como fobia.

La fobia puede dirigirse a un objeto concreto, a diferencia de la angustia difusa que no tiene un foco claro: el miedo al éxito, el miedo a volar, y así interminables fobias que podría mencionar. De hecho, fue un fenómeno que se disparó durante la pandemia, cuando muchas personas experimentaron esto por primera vez a través de los famosos llamados ataques de pánico.

Y lo análogo que encuentro con el mundial es esa vivencia, una sensación de opresión en el pecho (y fue colectiva), por esa adrenalina que nos corría por el cuerpo cuando parecía que perdíamos y nos íbamos... pero al final ganamos. Es ahí donde veo una escena que se repite, pero a las sombras y en soledad, allí en las empresas, cuando de pronto sobreviene la gran presentación, el evento, la exposición ante un auditorio, o tal vez ante una situación de transición laboral, cuando en una entrevista hay que demostrar una gran oratoria, o mantenernos frente a rivales desconocidos como el mejor candidato o la mejor candidata.

Cuando se sobrelleva esto del mejor modo posible, se logra sortear el obstáculo. Cuando no se cuenta con las herramientas necesarias, y hay mucho por elaborar, ahí es cuando sucede la fobia.

Freud ya lo planteaba: sostenía que la fobia es una defensa que desplaza una angustia difusa e interna hacia un objeto externo, concreto, que puede evitarse. Ese desplazamiento es lo que le da su función: preservar al sujeto de un derrumbe mayor. Pero ese mismo mecanismo que protege también limita, porque condena a evitar situaciones vitales y profesionales.

Lo veo en ejecutivos que sufren ante la exposición, o incluso en algunos directores regionales que deben trasladarse a otros países y postergan una y otra vez el viaje. Algunos se avergüenzan y no lo cuentan, pero de lo que se trata todo es del miedo a volar, no de falta de organización o tiempo: es otra cosa claramente. Lo observo también en la fobia social dentro de las reuniones: esa dificultad que algunas personas manifiestan al exponer una idea, y no por falta de solidez o conocimientos, sino por el terror a la mirada del otro, a ser desaprobados, y esa mirada está sin duda encarnada en jefes, colegas o en el público en general. Aquí ojo: no se trata de un simple nerviosismo, es pánico escénico, concretamente, no pueden hacerlo.

La atiquefobia es el miedo extremo al fracaso una vez que ya se obtuvo el éxito. Quien la padece no teme no llegar, teme no sostenerse.

Hay una forma particular de este miedo que se activa justamente ahí donde hay algo para perder: la atiquefobia. Por eso, incluso, llega a rechazar ascensos, evita hasta posiciones de mayor responsabilidad, no por falta de capacidad, sino por todo lo que supondría no cumplir con lo que ya se espera de él o ella.

Ese es el paralelismo que me interesa señalar con el mundial. Lo que un partido como el de Egipto expone, cuando casi se pierde lo ya construido, es similar a lo que le pasa a un colaborador cuando el peso de sostener el éxito lo congela más de lo que lo paralizó quizás fracasar por primera vez. O en una entrevista de selección, cuando cuesta más continuar competitivo dentro del proceso que quedar afuera otra vez.

Dicho todo esto, el trabajo sigue siendo, como sostengo en mi reciente libro, uno de los territorios con mayor potencial para que se desarrollen estas patologías. Pero no lo digo para demonizar a las organizaciones o las entrevistas de selección, sino para que se comprenda que las mismas exigen exposición constante, evaluación permanente y, muchas veces, la obligación tácita de no poder fallar dos veces.

Por eso, más que preguntarnos cómo hay que prepararse para ganar, deberíamos cuestionarnos cómo se sostiene psicológicamente algo que ya se ganó. Ahí, casi siempre, aparece el verdadero desafío: el valor de enfrentarse con el propio espejo.

Si sientes que sostener un logro te pesa más de lo esperado, podemos conversar sobre el mejor modo de acompañarlo.

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