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Ejecutiva pelando un alcaucil en una sala de reuniones, metáfora de las capas del liderazgo Liderazgo

Las Capas que Protegen y las que Ya No Sirven

Por Mariana Castrelos

A veces caminar repetidamente por lugares que conocemos puede tener, paradójalmente, un dejo de extrañeza. Algo similar sucede cuando atravesamos situaciones que nos resultan conocidas y, sin embargo, de pronto se presentan como nuevas. Algo raro ocurre entonces y aparece una cierta sensación de ajenidad, como si fuéramos viejos conocidos de nosotros mismos. Como esa calle por la que pasamos una y otra vez, hasta que un día descubrimos algo que antes no habíamos visto: quizá una forma, un detalle, algo que estuvo allí desde siempre, pero que nunca habíamos advertido.

Algo parecido sucede cuando aparece la primera experiencia de liderazgo real. Y no hablo del cargo ni de la posición, sino de otra cosa muy distinta. Me refiero a ese instante en el que empieza a gestarse un cambio interno y aparecen versiones propias, pero diferentes. Algo se presenta como novedad, aunque también sabemos, de algún modo, que eso ya estaba.

El punto es que nada de esto es tan nítido, porque junto con el reconocimiento de que un movimiento está instalándose, ese descubrimiento viene muchas veces acompañado por una sombra: todo aquello que puede limitarnos, que nos hace dudar o que nos enfrenta con aspectos propios que quizás preferiríamos no mirar demasiado.

Aquí entonces traigo una metáfora que alguna vez utilicé en otro artículo hace bastante y que hoy reaparece en estas líneas: el alcaucil. Observen sus hojas; algunas son duras y hay que ir sacándolas para poder llegar al centro, a lo más rico, a lo más tierno: el corazón.

Encuentro en esto un paralelismo con el liderazgo y me pregunto: ¿será que liderar de verdad empieza, muchas veces, con ese mismo trabajo lento de sacar hojas?

Crecer también tiene algo de esto: como esa ropa que, en la adolescencia, de pronto, ya no nos queda. Y es que, con algunas formas de ser sucede algo parecido.

Para llegar a ocupar una posición de liderazgo, nos desarrollamos con ese mismo desconcierto que mencionaba al principio, frente a aquello que nos resulta conocido y, al mismo tiempo, empieza a sentirse diferente. Y entonces, como con el alcaucil, vamos desprendiendo capa por capa: el miedo, la vergüenza, la inseguridad, el temor a no ser aceptados cuando ponemos límites, el pánico a equivocarnos, la dificultad para tomar decisiones o esa tendencia a evitar conversaciones difíciles. Son capas que, en apariencia, protegen, aunque a veces también tapan.

Y quizás aquí esté uno de los puntos más interesantes que en esta oportunidad deseo mencionar: no todas esas capas fueron necesariamente malas; algunas pudieron ser de gran utilidad en su momento. Tal vez agradar contribuyó a sentir mayor sensación de pertenencia, evitar determinados conflictos facilitó permitirnos conservar vínculos, controlar las situaciones pudo habernos brindado seguridad. El problema aparece cuando seguimos utilizando esos mecanismos psicológicos para protegernos en un rol que ahora nos exige otra modalidad.

La cuestión es que no hay atajo que permita hacerlo rápido, y lo primero es volverlo consciente. No se llega al corazón sin sacar esas hojas que cubren. Y, una vez que empezamos a hacerlo, aparece el verdadero desafío: ocupar una posición subjetiva diferente. Ya no estamos solamente nosotros, aparece el otro; el equipo, sus necesidades, expectativas, acuerdos y también sus desacuerdos. De hecho, en ocasiones las circunstancias y el cargo mismo nos exigen llevarlos hacia una realidad incómoda, desconocida y hasta incierta.

¿Será que liderar es también sostener la incertidumbre que eso genera, sin apurarse a ofrecer una respuesta?

Porque ahí empieza, muchas veces, el verdadero liderazgo: cuando ya no alcanza con saber, con tener todo resuelto o con ofrecer rápidamente una solución tranquilizadora. Implica animarse a cuestionar lo dado, decepcionar alguna expectativa, atravesar el desorden que apareja cualquier cambio real y tolerar que no todos estén de acuerdo.

Y, por supuesto, todo eso puede despertar el miedo, porque liderar es también enfrentarse a las propias emociones y a la vulnerabilidad que implica, y es justamente allí donde, muchas veces, aparecen algunas de nuestras mejores oportunidades de conexión con el otro, desde esa fragilidad que en realidad fortalece y nos humaniza.

Me detengo aquí porque creo que hay algo importante: un líder que no logra trabajar sus batallas íntimas y está demasiado blindado porque no quiere sentirse expuesto puede terminar por impermeabilizarse tanto, que no logra inspirar, escuchar y hasta comprender lo que sucede alrededor. Tan grande es la armadura, que más lejano se lo percibe.

Liderar es atravesar los temores y desvestirse de esos viejos ropajes que disimulan al que duda cuando debe decidir, a la que quiere agradar o a quien teme equivocarse. Capas que ya no son funcionales a un líder, porque el paisaje ya no es igual, porque aquello que funcionaba ya no va, porque ser líder es atreverse a mudarse de piel hasta llegar al corazón del alcaucil.

Si estás en un proceso de desarrollo de liderazgo, podemos conversar sobre el mejor modo de acompañarlo.

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