«Tuve un ataque de ansiedad.»
«Sufro de ansiedad.»
«Me da ansiedad.»
En los últimos años, la palabra se instaló en el habla cotidiana con una naturalidad sorprendente. Se la nombra en reuniones de trabajo, en conversaciones de pasillo y en las redes, y cada vez designa más cosas: la impaciencia por resolver un asunto o por conocer el devenir de un proyecto, los nervios previos a una entrevista o a una presentación frente a un directorio o un cliente. Bajo un mismo término conviven hoy experiencias muy distintas, que abarcan el ámbito laboral y el hogar, lo permanente y lo circunstancial.
Esta ampliación tiene un costado valioso, porque nos permite hablar de lo que antes se callaba. Conlleva también un riesgo: cuando todo es ansiedad, la palabra pierde precisión y se vuelve difícil distinguir la emoción esperable frente a una situación incierta del trastorno que requiere atención clínica.
Hay algo que me inquieta: me pregunto si la ansiedad terminará recorriendo el camino del workaholismo, que pasó de ser un trastorno de adicción a exhibirse casi como una virtud. Frases como «vivo acelerado», «no paro» o «estoy a mil» circulan como credenciales de compromiso. Sin embargo, tanto la ansiedad como el workaholismo dan cuenta de que algo en el orden de la salud mental no está funcionando del todo bien.
Muchas de nuestras decisiones y omisiones están atravesadas por la ansiedad. Se hace visible en gestos mínimos: enviar un mensaje de WhatsApp antes de tiempo, releer diez veces la última conversación, no tolerar la espera de un llamado, escuchar los audios a doble velocidad, aunque resulten inentendibles. Detrás de esos detalles aparece la misma dificultad: sostener el intervalo entre lo que deseamos y lo que todavía no llega. Esta tendencia tiene larga data y en el último tiempo se ha profundizado. Y es un síntoma de la época.
Hace poco escuché a Santiago Bilinkis hablar del avance escandaloso de la IA y del impacto que podría tener, al punto de terminar con la humanidad. Así de catastrófico el planteo. Advertía también que los grandes magnates de la tecnología no parecen dispuestos a frenar. Aquí me detengo y pienso que, con más fuerza, resurge un fantasma: el miedo a desaparecer.
Con estos desarrollos y los rumores sobre lo que se viene, la dificultad para sostener la espera encontró un nuevo escenario. Muchas personas procuran acallar un pájaro de mal agüero que, desde adentro, les repite que no vale la pena intentarlo, que su trabajo quedará obsoleto, que cualquier esfuerzo resulta tardío. Parece una cuestión menor y tiene un peso mayor, porque se está gestando un miedo que oscurece algunos proyectos antes de que nazcan.
Yo diría que este miedo ofrece, además, el pretexto ideal para no asumir lo que implica exponerse, salir, mostrarse, arriesgarse. Si la IA lo hará mejor, ¿para qué intentarlo? Si vamos a volvernos inútiles, ¿para qué avanzar? La pregunta se presenta como realismo, casi como un dato concreto, y, ojo, funciona como refugio.
Los cuadros de salud mental están a la orden del día en el ámbito laboral, tanto en el sector privado como en el público, y la ansiedad, como síntoma, puede expresarse (entre otras manifestaciones) en quien grita sin límites, en quien recurre al consumo para sostener la presión, en el líder que exige sin piedad. Este panorama me recuerda a la pandemia; es inevitable para mí volver a esa época ahora que un cambio de paradigma nos pone patas para arriba.
Recordemos: en 2020, bajo la amenaza de muerte, florecieron las fobias, las depresiones y los cuadros ansiosos. La Organización Mundial de la Salud estimó incluso que, durante el primer año de la pandemia, la prevalencia mundial de ansiedad y depresión aumentó un 25 % (OMS, 2022).
Por otra parte, no todo fue malo: hubo personas que, en medio de esa experiencia, desplegaron una creatividad y una capacidad de reorganización que ellas mismas desconocían. La psicología lo llama crecimiento postraumático: cambios positivos que surgen de la lucha con una crisis y que conviven con el sufrimiento que esa crisis provocó. Salvando las distancias, algo similar podría ocurrir con la IA.
La pandemia trajo, entre otras, una comodidad: quedarse en casa. La IA ofrece hoy otra: un asistente que escribe por uno un correo o una carta. En LinkedIn surgieron grandes «autores», y muchos currículums se volvieron clones que replican hasta el tono de azul que sugiere la herramienta. La lista de ejemplos sería interminable y daría para otro artículo. Me animo a inferir que en el futuro próximo se valorará lo casero, lo que se hace a conciencia y por el cerebro de uno mismo: si ya sucedió con la comida, ¿por qué no con todo lo que hoy se automatiza?
Retomando lo planteado: al mismo tiempo, hay quienes aprovechan hoy estos recursos para crear aplicaciones y hasta negocios nuevos, como también quienes armaron ciclos de conversación filosófica para volver a pensar, en el sentido más profundo del término.
Con todo lo expuesto, vuelvo a la pregunta que me parece central: ¿qué quiere cada uno? ¿Reclinarse en el sillón y delegar en la IA la escritura, las notas, los resúmenes? ¿O levantarse para crear, inventar, aprender, descubrir y tolerar la espera que lleva elaborar algo propio?
Si el miedo es a ser reemplazados, resulta paradójico reemplazarse a uno mismo con una voz ajena puesta en un texto o en un correo. Podemos apoyarnos en estas herramientas, claro que sí; el desafío es hacerlo sin dejar de pensar y de hacer. Delegarlo todo puede ser una forma de evitar la espera y de producir sin pausa, y ahí es donde veo una trampa desde lo psicológico.
La pregunta que planteo vale más por el sentido de lo que nos obliga a escuchar: el deseo propio, con sus ritmos, contradicciones, cadencias e indefiniciones; imperfecto.
Desde una perspectiva psicoanalítica, me interesa analizar la ansiedad como síntoma, por fuera de la lógica de lo bueno y lo malo, en su valor de mensaje. Diría que nos está hablando de la necesidad imperiosa que sentimos de atravesar el tiempo velozmente para evitar la angustia que supone no llegar, no alcanzar, quedar afuera, tardar.
Reflexionemos otra vez sobre el audio que escuchamos acelerado (2x) o sobre la lectura que pretendemos que dure menos de dos minutos. Escuchar ese mensaje, leer el texto tal como viene, supone darle al deseo el plazo que necesita para tomar forma, aunque del otro lado no haya una respuesta inmediata.
Tal vez ahí, en ese intervalo que tanto nos cuesta habitar, en ese compás de tiempo, esté la variante más original de cada uno, y la tranquilidad tan buscada, esa que ninguna inteligencia artificial puede escribir, replicar ni, mucho menos, experimentar.